El onboarding de Identia se reparte en cinco tramos. Cada uno cierra con una entrega verificable: perfil de señal, umbrales calibrados, integración en producción y auditoría. No hay fases decorativas; si un tramo no cumple su criterio, el siguiente no arranca.
Recogemos dinámica de pulsaciones, trayectoria de cursor y tiempos de decisión durante sesiones reales de clientes premium. El objetivo es separar la variabilidad normal —fatiga, teclado externo, conexión lenta— de la firma estable de cada usuario. Se entrega un informe con las métricas que discriminan y las que conviene descartar.
Definimos puntuaciones por sesión y reglas de escalado para los casos ambiguos. Aquí se decide cuándo el sistema confirma identidad sin segundo factor y cuándo pide verificación adicional. Participan riesgo, cumplimiento y accesibilidad para no penalizar a clientes con movilidad reducida o dispositivos nuevos.
Conectamos el motor de identidad con los canales existentes: web, aplicación móvil y mesa de operaciones. La señal se procesa en el borde para no añadir latencia perceptible. Se documentan los puntos de reversión por si una decisión automática debe anularse.
Durante tres semanas el sistema decide en paralelo al segundo factor tradicional. Comparamos coincidencias, falsos positivos y momentos de mercado volátil donde la reacción del cliente cambia de patrón. El segundo factor solo se retira cuando la coincidencia supera el umbral acordado en cada segmento.
Entregamos trazabilidad de cada decisión, plan de reversión y calendario de recalibración trimestral. El equipo interno queda formado para interpretar alertas y ajustar umbrales sin depender del proveedor. A partir de aquí, las revisiones se centran en deriva de la firma y cambios de dispositivo.
Los plazos son orientativos y dependen del número de canales a integrar y de los requisitos del regulador local. Si tu entidad opera en varios países, conviene revisar primero el marco aplicable en cada uno antes de fijar el calendario.
La implantación se reparte en cinco tramos. Cada uno deja un registro verificable antes de pasar al siguiente, y ninguno depende de que el anterior esté cerrado del todo: el perfil se sigue ajustando mientras el sistema ya opera.
Se listan las pantallas donde hoy se pide el segundo factor: transferencias, consulta de saldos, alta de beneficiarios. De cada una se anota el dispositivo habitual del cliente y si la sesión suele ser corta o prolongada.
Durante varias semanas el sistema registra dinámica de pulsaciones y trayectoria del cursor sin intervenir. La doble autenticación sigue activa. El objetivo es tener una línea base antes de tomar cualquier decisión automática.
Se fijan los niveles de confianza por operación y se revisan los casos ambiguos: clientes con movilidad reducida, teclados externos, conexiones con latencia alta. Aquí se decide qué señales pesan y cuáles se descartan.
El segundo factor se retira primero en las operaciones de menor riesgo. Si la señal cae por debajo del umbral, el sistema vuelve a pedir verificación sin avisar al cliente de que algo falló. La reversión es inmediata.
Cada decisión automática queda registrada con su puntuación. Se revisan falsos positivos y negativos de forma periódica, y el perfil de cada cliente se actualiza cuando cambia de dispositivo o de rutina.
Los detalles de cada tramo se amplían en soporte técnico y en la descripción del equipo responsable.